Nunca lo sabremos a ciencia cierta, pero es muy probable que el Mahabharata - como, por otra parte, la Ilíada y la Odisea, por ejemplo - fuera en sus primerísimos inicios, una colección de relatos populares que se iban añadiendo los unos a los otros, convirtiéndose así, en una larga narración, más o menos estructurada pero cada vez más popular.
Después, a lo largo de los siglos y los milenios, se le han ido agregando episodios de todo tipo, desde hechos dramáticos y épicos - convenientemente completados con ampliaciones literarias y argumentos doctrinales diversos - a fragmentos más o menos eruditos de carácter religioso, filosófico o político.
Al menos esto parece durante las lecturas y las relecturas que se pueden ir haciendo de la obra, actividad, por cierto, agradable y divertida.
Esta elaboración colectiva y dilatada se va intuyendo y confirmando a lo largo de los dieciocho gigantescos libros del Mahabharata y culmina en el decimoséptimo - el decimoctavo es una descripción del Cielo - que cuenta la muerte de Yudhishthira, el hermano mayor de los Pandava, la ejemplar familia protagonista de la trama.
TRAS LA VICTORIA Y EL REINADO...
En efecto, el Mahaprasthanika Parva (Libro del Gran Viaje) - el más corto del poema épico - explica cómo, tras la sanguinaria y encarnizada victoria contra sus primos en la Batalla de Kurukshetra y el reinado de los Bharata, con Yudhishthira al frente a lo largo de treinta y seis años, la familia decidió pasar el testigo a sus sucesores.
El heredero elegido fue el único posible, Pariksit, nieto de Arjuna y uno de los pocos supervivientes del combate y, tras las preceptivas ceremonias propias de un acontecimiento tan relevante, los cinco hermanos, con Draupadi su madre al frente y un perro que, extrañamente, acompañaba a Yudhishthira, se dirigieron al Cielo.
... YUDHISHTHIRA LLEGA AL CIELO
El viaje a pie hasta el Himalaya - puerta de acceso a la residencia final -, atravesando desiertos y altas montañas, fue tan duro que tanto Draupadi como los Pandava, salvo Yudhishthira y su perro, fueron muriendo por agotamiento e inanición, o "cayeron al suelo", como repite, con dramática simplicidad, cinco veces el libro.
Cuando Yudhishthira, por fin, llegó a su destino fue recibido personalmente por el propio Indra, el rey de los dioses, e invitado a instalarse en una carroza para alcanzar su morada definitiva, pero en el momento en que Indra pidió a Yudhishthira que dejara al perro donde estaba, éste le respondió:
Este perro, Señor del Pasado y del Presente,
me es totalmente fiel.
Estará siempre a mi lado.
Mi corazón está lleno de él.
Pero Indra no estuvo de acuerdo:
Has conseguido la inmortalidad. Eres igual que yo.
La prosperidad se extiende ante ti en todas direcciones
y tienes el éxito asegurado así como toda la felicidad del Cielo,
pero ahora debes abandonar a este perro.
Empezó entonces una discusión aparentemente sin sentido en la que Indra no deba su brazo a torcer:
... en el Cielo no hay lugar para perros...
... si abandonas a este perro llegarás a la Casa de los Dioses...
Pero Yudhishthira insistías una y otra vez:
... no me separaré de alguien que siente afecto por mi...
... nunca abandonaré a este perro...
... seguiré a su lado mientras siga vivo...
Por suerte, mágicamente, el desacuerdo acabó cuando, de repente y causando extrañeza y estupor, el perro se transformó en el dios Dharma - la divinidad del deber, los derechos, la legalidad, las virtudes... - de quien Yudhishthira había sido estricto devoto a lo largo de toda su vida.
En sus palabras, Dharma puso de relieve las principales virtudes del rey:
... por ser fiel a tu perro,
has renunciado a la carroza celestial...
... no hay nadie como tú en el Cielo,
te has ganado una felicidad inagotable...
Y así el rey pudo alcanzar su residencia definitiva y el episodio llegar a su fin.
DESTINO FINAL
Es imposible determinar con la mínima certeza qué fragmentos corresponden a una eventual narración original y cuáles han sido incorporados en etapas posteriores, si es que este hecho ha sucedido alguna vez. Podemos imaginar naturalmente que algunos de los textos de la discusión entre los dos interlocutores y/o los que corresponden a Dharma son añadidos completamente bienintencionados.
Sea como sea, tal como está, el Mahaprasthanika Parva - y el resto del Mahabharata - es el dado como definitivo por los autores/recopiladores de la obra.
Pero quizás una definición más concreta del concepto "dharma" nos ayudará a desgustar la lectura más allá de suposiciones que poco mejoran el placer causado por los textos, porque el dharma es, fundamentalmente, lo que hace posible la vida en el Universo.
(Como el propio Mahabharata, oso añadir.)
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viernes, 21 de febrero de 2020
miércoles, 7 de septiembre de 2016
INDRA. EL REY DE LOS DIOSES, EN LOS LABERINTOS HUMANOS
Doscientos ochenta y nueve de los mil veintidós himnos
del Rig Veda tienen a Indra - el rey de los dioses - como único protagonista.
Como afirma el eminente sanscritista Arthur Macdonell (1):
"Indra es invocado de manera individualizada en la
cuarta parte de los himnos del Rig Veda, mucho más a menudo que los dirigidos a
cualquier otra deidad. Se trata del dios preferido nacional de los pueblos
védicos."
Macdonell completa su comentario con precisiones sobre el
perfil de la divinidad:
"Por otra parte, su aspecto es el más antropomórfico de los miembros del panteón y también el que más investido está de rasgos
mitológicos.
Indra es, por encima de todo, un dios de la tormenta, que
vence a los demonios de la sequía y de la oscuridad, libera las aguas y
conquista la luz. En segundo término es el dios de las batallas que ayuda a los
victoriosos arios a vencer a los enemigos aborígenes. "
El breve himno 171 del décimo mandala completa el retrato de
un Indra en constante contradicción, tanto con el resto de los dioses y de los
humanos como con él mismo y las prácticas ceremoniales (2):
Por el amor a Itatí, que exprime el jugo, empujaste su
carruaje. Sentiste la llamada del oferente de Soma.
Has separado la cabeza de la piel del rebelde Sacrificio
y lo llevaste a la casa del oferente de Soma.
O Indra, en un instante, cuando pensaste en ello,
perdiste al mortal Venya por el devoto Astrabudhna.
Lleva de nuevo al Sol al Este ahora que está en el Oeste,
o Indra. ¡Incluso contra la voluntad de los dioses!
Las virtudes de Indra, heredadas como sabemos por toda
suerte de divinidades sucesivas, algunas todavía vigentes, parecen una proyección
de los anhelos más básicos de sus súbditos humanos: conseguir seguridad y
riquezas.
En cualquier caso, los enfrentamientos territoriales de los
recién llegados arios con los multi-étnicos habitantes del subcontinente indio
fueron dejando paso a una sincrética convivencia.
A pesar de la aparición de una visión polifacética de la
realidad, representada por Brahma, Vishnu y Shiva, el culto a Indra y la
perspectiva maniquea de los contactos entre diferentes colectivos humanos (
"nosotros" somos ejemplo de civilización; "ellos", en
cambio, una pandilla de salvajes) nunca ha dejado de estar presente.
A lo largo de los milenios, los grandes desplazamientos de
población y las colisiones que generan han demostrado ser inherentes a la
evolución de la Humanidad.
Siempre se han producido, a menudo acompañados de
situaciones inaceptablemente trágicas. A pesar del crecimiento de una
conciencia de la globalidad de problemáticas y soluciones, lo estamos viviendo
- ¡todavía! - ahora mismo.
Los laberintos humanos en los que Indra busca una urgente
salida parecen seguir formando parte de nuestra cotidianidad.
(1) Arthur Anthony Macdonell (1854 hasta 1930), legendario
catedrático de sánscrito en Oxford, es autor de numerosos e indispensables
trabajos sobre védico y sánscrito. La cita proviene de la introducción al
estudio sobre Indra en "A Vedic reader for students".
(2) Como sucede a menudo en los himnos del Rig Veda, el
texto del poema 10.171 da por conocidos personajes, situaciones y prácticas
ceremoniales. Afortunadamente, los contextos de cada composición son a menudo
suficientes para captar su sentido y su belleza. Recordemos, en todo caso, que
el soma es una bebida de origen desconocido, imprescindible en los sacrificios
védicos.
lunes, 8 de junio de 2015
RV 9.112: MÁS ALLÁ DE LOS ANHELOS
Diversos son los deseos de los hombres
y diversos sus caminos:
el obrero busca trabajo,
el médico, enfermos y el brahmán, devotos.
Fluye sobre Indra, luz del Soma. (*)
El herrero - con plantas mágicas,
y plumas de los pájaros celestes,
con piedras encantadas
y la danza de las llamas - busca clientes ricos.
Fluye sobre Indra, luz del Soma.
Yo soy un poetastro,
papá és médico y mamá, molinera.
Nos esforzamos para conseguir riquezas con todo tipo de pensamientos;
vamos tras nuestros deseos como si fuésemos ganado.
Fluye sobre Indra, luz del Soma.
El caballo desea un carro ligero,
el seductor, una sonrisa,
el pene, una abertura velluda
y por el agua suspira la rana.
Fluye sobre Indra, luz del Soma.
Los himnos del Rig Veda transmiten una sabiduría profunda y serena, establecida, probablemente, sobre la observación tranquila y continuada de la Naturaleza. Sin embargo, no todos giran en torno a fenómenos astronómicos, geográficos o sociales "serios", más o menos divinizados y/o convertidos en elementos rituales.
Algunos son claramente profanos, dirigidos a la familia, a un pretendiente o a un vecino ruidoso.
Buen ejemplo de ello es el traducido más arriba, dedicado a los deseos humanos más básicos.
Más allá de la precisión - y de la crudeza - de los retratos, sorprende, y hasta produce escalofríos, la actualidad de los rasgos que destaca.
En los aspectos nucleares, entre los indoeuropeos que compusieron y recopilaron este himno, hace tres o cuatro mil años, y nosostros mismos hay una clara identidad.
(*) Indra es el rey de los dioses de la religión védica, previa al hinduismo, y el Soma el licor utilizado en aquella liturgia.
y diversos sus caminos:
el obrero busca trabajo,
el médico, enfermos y el brahmán, devotos.
Fluye sobre Indra, luz del Soma. (*)
El herrero - con plantas mágicas,
y plumas de los pájaros celestes,
con piedras encantadas
y la danza de las llamas - busca clientes ricos.
Fluye sobre Indra, luz del Soma.
Yo soy un poetastro,
papá és médico y mamá, molinera.
Nos esforzamos para conseguir riquezas con todo tipo de pensamientos;
vamos tras nuestros deseos como si fuésemos ganado.
Fluye sobre Indra, luz del Soma.
El caballo desea un carro ligero,
el seductor, una sonrisa,
el pene, una abertura velluda
y por el agua suspira la rana.
Fluye sobre Indra, luz del Soma.
Los himnos del Rig Veda transmiten una sabiduría profunda y serena, establecida, probablemente, sobre la observación tranquila y continuada de la Naturaleza. Sin embargo, no todos giran en torno a fenómenos astronómicos, geográficos o sociales "serios", más o menos divinizados y/o convertidos en elementos rituales.
Algunos son claramente profanos, dirigidos a la familia, a un pretendiente o a un vecino ruidoso.
Buen ejemplo de ello es el traducido más arriba, dedicado a los deseos humanos más básicos.
Más allá de la precisión - y de la crudeza - de los retratos, sorprende, y hasta produce escalofríos, la actualidad de los rasgos que destaca.
En los aspectos nucleares, entre los indoeuropeos que compusieron y recopilaron este himno, hace tres o cuatro mil años, y nosostros mismos hay una clara identidad.
(*) Indra es el rey de los dioses de la religión védica, previa al hinduismo, y el Soma el licor utilizado en aquella liturgia.
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